Hace unos días me encontré el siguiente texto scrolleando en redes y me pareció interesantísimo:
"Subestimamos constantemente la tranquilidad que trae la monotonía de algunas cosas, y la serenidad intangible de un día normal pasa casi siempre desapercibida. Pero un día un reloj se descompone, una llave de repente no abre, un teléfono no funciona, un cuerpo no responde, el sol hace mucho que no sale o un amor se desacomoda. Y entonces un anciano sueña con correr, y un preso con salir, un mudo con hablar, y un desierto con llover, el río con ser mar, y el pasado con volver. Vivir a los saltos es desgastante. Que lo que está bien, siga bien, no es poca cosa”. (@cubillospeter).
A veces nos quejamos de la rutina como si fuera el villano de nuestra historia, como si la estabilidad nos quitara algo en lugar de darnos. Queremos más emociones, más cambios, más adrenalina y dejamos de valorar la paz que viene con la certeza de un día sin sorpresas. Entonces nos llenamos de nostalgia, la misma que anhela lo que dábamos por hecho.
¿Por qué de pronto siento que tenemos la idea de que la estabilidad es sinónimo de aburrimiento? Y ¿por qué creemos que tenemos que vivir en los extremos, en los saltos al vacío, en los amores que nos hacen perder la cabeza o en los cambios que nos sacuden el piso? Todo ese rush no sólo puede llegar a ser abrumador, también nos hace olvidar lo valioso que es cuando las cosas simplemente existen y están bien.
Piensa en ese día en el que todo salió perfecto: tu café estaba rico, tu transporte llegó a tiempo, terminaste tu lista de pendientes sin contratiempos. Tal vez no fue un día memorable, pero tampoco fue uno que quisieras borrar. Y, sin embargo, apenas le diste valor. Nos acostumbramos a la tranquilidad como si fuera un derecho automático, sin notar que en realidad es un regalo.
“Que lo que está bien, siga bien, no es poca cosa”, es una frase preciosa y significativa. No es conformismo o resignación. Significa reconocer que la estabilidad no es estancamiento, sino el cimiento sobre el cual podemos construir cambios a nuestro ritmo, sin prisas ni dramas innecesarios. Porque también se puede evolucionar desde la paz, también se puede crecer sin crisis y también podemos avanzar sin perder el equilibrio.
Así que cuando volvamos a sentir que nuestra vida es "demasiado estable", hay que preguntarnos si lo que en verdad estamos buscando es un salto al vacío o simplemente la oportunidad de apreciar que, por hoy, todo está en su lugar. Y eso, es un lujo.