Por: Angélica Jocelyn Soto Espinosa
La historia de la participación política de las mujeres en México no empieza con el reconocimiento del derecho al voto ni acaba con la llegada de una mujer a la presidencia. “Llegamos todas” es un lema que homogeniza la diversidad de formas de participación política de las mujeres y niega la crítica de que, aún con una mujer en la presidencia, las formas patriarcales que configuran históricamente ese puesto de poder aún no se borran.
En materia de derechos políticos de las mujeres, la historia nos sigue debiendo. Necesitamos rastrear las pistas de la participación de las mujeres en los procesos políticos que marcaron la historia de México más allá del periodo independentista. Algunos datos: las inscripciones jeroglíficas encontradas en estelas en Calakmul, Campeche, muestran que en el periodo clásico del pasado maya las mujeres tuvieron roles políticos importantes, incluso con poderes políticos casi absolutos. En 1857 se realizó la primera gran huelga textil en Guadalajara, protagonizada y sostenida por mujeres, quienes exigían aumento salarial, disminución de la jornada de trabajo, la protección de la maternidad y la protección de la infancia trabajadora.
De acuerdo con lo que documentó en su momento la periodista feminista Adelina Zendejas, en los conflictos tabacaleros que pararon plantas en la Ciudad de México y Veracruz en la época virreinal, las mujeres participaban en primera fila; de 1918 a 1940, los sindicatos y organizaciones gremiales estaban lideradas por mujeres; y uno de los primeros periódicos feministas en México se llamaba La Comuna y nació en 1876 para defender los derechos de huelga.
Otra deuda pendiente es la de reconocer que hay más de una forma en que las mujeres ejercemos nuestros derechos políticos en el país. La participación a través del sistema de partidos políticos o las instituciones no es la única ni la mejor; sin embargo, es la que más avances en materia legislativa ha tenido en México en los años recientes.
Aunque con varios años de desfase, luego del reconocimiento de los derechos a votar y ser votadas se legisló sobre la paridad de género en puestos de representación política. Este avance fue central para un ejercicio sustantivo y pleno del ejercicio político femenino en las instituciones pero no así para el ejercicio político de las mujeres en manifestaciones, organizaciones gremiales o procesos de defensa de tierra y territorio, de derechos sexuales y reproductivos o contra la violencia.
Mientras en el Congreso de la Unión se legislaba para garantizar los derechos de las mujeres políticas, en las calles de todo el país se reprimía y violentaba a las jóvenes que protestaban por el reconocimiento y la garantía de otros derechos. Durante el mandato de Claudia Sheimbaum, como jefa de gobierno en la Ciudad de México, policías capitalinos reprimieron con gas, petardos y detenciones varias protestas feministas de 2019 y 2020; al menos un grupo de 13 mujeres activistas fueron investigadas por la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México por participación en las manifestaciones y en 2023 se quiso imponer un monumento sobre la llamada Glorieta de las Mujeres que Luchan, un espacio tomado y resignificado por un colectivo de sobrevivientes de feminicidio.
Las elecciones presidenciales de 2024 serán recordadas por el hecho innegablemente histórico de que por primera vez una mujer se sentaría en la silla presidencial de México. Al ser un cargo público con tanto poder, esto no es un hecho menor, al contrario, es tan relevante que sería un riesgo que se mire y se narre desde el sesgo, la idealización o la falta de crítica.
La presidencia en México es un cargo configurado históricamente desde la subjetividad masculina y patriarcal. Nunca se había ensayado en México un ejercicio presidencial femenino. Estos primeros pasos son cruciales para marcar un ritmo presidencial significativo y transformado.
Pero lo que se ha observado hasta ahora son acciones, actitudes y decisiones que se parecen de muchas formas a los que dieron sus antecesores. Un ejemplo sencillo: lejos de replantear el papel de las Fuerzas Armadas en actividades de seguridad interior o construcción de megaproyectos —por las varias sentencias en su contra por violar a mujeres, principalmente indígenas– la presidenta las ha llamado constructoras de paz y les ha conferido más recursos y más poder. ¿Qué tan parecido o que tan diferente será el ejercicio político de Sheinbaum con respecto al de sus antecesores? Esa es una pregunta que el resto de su sexenio responderá pero que está a buen tiempo de plantearse.
De entrada, México no sólo eligió a una mujer presidenta. Los potentes movimientos feministas demandan desde hace más de un siglo un gobierno que sea capaz de mirar de frente nuestra vivencia diferenciada; de atender las formas crueles con las que nos marca la violencia; de garantizar nuestra salud, trabajo, educación y libertad; y de zanjar de una vez por todas la deuda histórica de nunca haber sido vistas como ciudadanas plenas.
Más que vestidos morados, nombres femeninos en los recintos de gobierno y discursos llenos de palabras rebeldes, este país espera que la figura de una mujer en la presidencia signifique una forma diferente de gobernanza, que marque una nueva forma de hacer política y que ponga los ojos, como no han hecho en el pasado, sobre la mitad de la población. Lo que no se espera es a una titular del Poder Ejecutivo que siga utilizando a las mujeres y sus causas. Tampoco a una que nos quiera volver invisibles.
“No llegamos todas” fue uno de los mensajes más recurrentes en la marcha de la Ciudad de México. Con esta leyenda en sus pancartas, las activistas le recordaban a la presidenta que aún había mujeres desaparecidas, migrantes sin refugio, pacientes oncológicas sin tratamientos, explotación laboral y múltiples violencias.
En la puerta del Palacio Nacional también había un plantón de madres de víctimas de feminicidio, una de ellas llevaba más de cinco días de huelga de hambre porque la presidenta, como hizo el presidente de la administración pasada, se negaba a recibirla. Al mismo tiempo, mujeres que protestaron en otras entidades del país estaban siendo reprimidas y violentadas por policías vestidos de civiles.
Al decir “llegamos todas” y no escuchar a las madres de víctimas, permitir la represión de las protestas feministas, negar que las violencias contra las mujeres aún existen y priorizar una agenda económica en la que estamos sólo coyunturalmente, Sheinbaum sólo habla de sí misma.
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